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28 febrero de 2018

Categoría Convivimos

Martín Campilongo en Convivimos

“El hallazgo es encontrar lo que te gusta” 

“Quienes se piensan más importantes son seres medio tontos”, sostiene Agustín Alezzo, maestro de muchos actores, incluyendo a Campi. Y este último sigue esa máxima al pie de la letra: “Mi trabajo no es más importante que el de otros, pero me da mucho placer”, afirma.

Una tarde acompañó a su amigo Walter a anotarse para estudiar teatro con Agustín Alezzo, célebre maestro de actores. Walter hizo lo suyo mientras él lo miraba sentado a un costado. Terminaron de pasar al frente todos los aspirantes, cada uno contando una anécdota o actuando un fragmento de alguna obra, y Alezzo miró adonde estaba él: “¿Y usted? ¿No va a pasar?”, le preguntó. “Me sentí prepoteado, así que pasé y conté una anécdota. Se ve que gustó… Estuvo buenísimo, se me abrió un mundo ahí, y yo no lo tenía planeado. Toda esa agua que estaba desparramada caía en un mismo río; toda esa observación que tenía, esas ganas de contar cosas, ese juego de ser otro tuvo de repente un cauce. Yo siempre jugué a ser El Zorro, Carlitos Balá, hacía obritas de Mafalda y cobraba entrada a mis familiares. Creo que a todos los niños les gusta disfrazarse y hacer eso”, cuenta.

El recorrido artístico formal de Martín Campilongo, mucho más conocido como “Campi”, comenzó esa tarde, pero ya llevaba años de gestarse en su interior. La necesidad de expresarse y de abrir canales para hacerlo estuvo siempre presente en él, y las maneras que encontró para manifestarse fueron varias: trabajó como caricaturista, hizo cómics, fue escultor y llegó a vender algunas obras, fue diseñador de indumentaria y ganó premios por su labor. Sin embargo, nunca asoció sus inquietudes con el trabajo, y se imaginó a sí mismo en otros terrenos, alejados de donde hoy se encuentra: quiso ser camionero (y tiene en su poder el registro para transportar cargas), fue empleado en Pumper Nic y pintó vasos con motivos infantiles por encargo.

“Nunca pensé como un laburo esto de actuar. Después, a medida que fui estudiando y creciendo, comenzaron a pagarme por hacer esto, y fue buenísimo. Me encanta mi trabajo, lo disfruto mucho, pero no me parece más importante que el de otra gente. Creo que el hallazgo es encontrar lo que te gusta. A mí me crio mi abuelo, que fabricaba plumeros. Era lo que a él le gustaba, se sentía feliz con eso y hacía los mejores plumeros de Parque Patricios. Yo me crie con ese plan, con esa enseñanza: no importa qué es, pero hay que encontrar lo que te gusta. Entonces, el trabajo ya no es trabajo y es un placer. Está buenísima la vida así”, sostiene.

En este juego de ser otros, habitó gran cantidad de personajes. Muchos son creaciones propias basadas generalmente en su entorno, en Parque Patricios, que ya no es el barrio donde vive, pero será siempre su barrio. De allí salieron, entre otros, el rollinga Pucheta, el Negro Mario y el eterno Jorge, ese vecino bonachón, anticuado y algo pesado y confianzudo: “Jorge me hizo cambiar el auto cuatro veces, más que un personaje es un amigo de mi familia ya. En realidad, está basado en el papá de un amigo, y Marta, su mujer, es la mamá. Salió de ahí. Todos son un poco así, son personajes que voy conociendo”.

Otras de sus caracterizaciones son imitaciones, como las que hizo desfilar durante su participación en Bailando por un sueño y, sobre todo, en NotiCampi, ese noticiero humorístico de quince minutos que durante dos temporadas
estuvo en el aire de Telefe. Hay, también, personajes de ficciones para las que lo contratan, como “Tito” Jáuregui, el administrador de consorcios chanta que interpreta en ¿Qué hacemos con Walter?, obra dirigida por Juan José Campanella.

En todos los casos, antes de salir a escena, antes incluso de vestirse como el personaje al que le toque dar vida, ese ser en construcción se va trazando en un papel. Así lo explica: “Para tener claro el personaje, lo debo plasmar primero en una hoja. El dibujo es un lenguaje necesario para mí, me quedó de cuando laburaba de caricaturista. Todos mis personajes primero están en una hoja de papel. Eso me ayuda también por un tema de maquillaje, para ver dónde pongo cada cosa, qué nariz tiene, cómo son las cejas. Por ejemplo: Feinmann tiene las cejas en ángulo y el Papa tiene el ojo caído para abajo. Esas son imitaciones, cuando son mis personajes les busco los claroscuros con el maquillaje. En la actuación siempre busco el claroscuro”.

¿Todo eso implica que tu interpretación arranque primero por el cuerpo?

Le doy mucha bola al cuerpo, sí. En mis personajes es muy importante lo físico, esos detalles. Vos y yo nos lavamos los dientes de distintas formas, tenemos distinto color de dientes, y eso habla de toda una personalidad. La forma en la que te cortás el pelo o el bigote que estás usando ahora habla de una persona detrás de eso. Mis personajes no suelen tener mi cara, sería demasiada casualidad. Yo tengo un escáner con el que voy por la vida, mirando todo y a todos. No es algo que busque, pero me pasa. Soy muy de escuchar, muy de observar. Me gusta oír historias, escuchar más la vida del otro que contar la mía.

¿Qué hacés después con esos dibujos?

Una vez que los usé, los tiro. Algunos quedan en mi taller, pero sin buscar una colección, solo porque me olvidé de tirarlos. En general, se van al tacho de basura.

¿Con los personajes pasa lo mismo?

Ahí me cuesta más, yo me encariño con los personajes, aunque no son todos iguales. Este año, por ejemplo, no voy a hacer NotiCampi, y me cuesta pensar que Wilson, el conductor, tal vez falleció. Me guardo el vestuario, la nariz, lo que usa, porque en algún momento me gustaría volver a sacarlo. Me gusta la idea de que no murió. Otros, en cambio, me importan nada y son perecederos.

¿Es cierto que cuando tenés períodos de descanso, incluso en medio de la noche, estás en tu taller trabajando?

Sí, lo que pasa es que laburo de lo que me gusta, entonces no laburo. No se me hace tedioso, es un placer. A mí me gusta, en mis ratos de ocio, escribir o hacer cosas para mi laburo, como crear máscaras. Siempre con una finalidad, con la idea de llevarlo adelante. Ya tengo el dibujo en mi cabeza. Es más: la idea me dispara la máscara, el títere o el objeto inanimado que necesite, la escenografía o el guion.

La entrevista transcurre en el camarín que Campi ocupa en el Multiteatro. Una hora más tarde, deberá subirse al escenario ya enfundado en el traje de Jáuregui. En realidad, bajará unos 30 escalones hacia ese lugar. En esos pasos, en esa corta distancia, termina de producirse la transformación que inicia donde ahora nos cuenta ese proceso: “Jáuregui aparece cuando lo empiezo a vestir. Ahí comienza a elucubrar sus cosas, a ver cómo puede sacar tajada de todo. Acá, en el camarín, arranca. El trayecto y las escaleras los recorre una mezcla de Campi y Jáuregui, y al escenario entra Jáuregui por completo. Podríamos decir que en el pasillo de entrada ya está él, pero empieza a armarse acá”.

Sus primeros trabajos actorales fueron a la gorra, ese desparejo sistema de recaudación que un día puede dejarle al artista un par de monedas o un ingreso algo más sustancioso, siempre dependiendo de la generosidad del ocasional público. Sus unipersonales en teatro lo llevaron fuera del país, primero a Uruguay y luego a España, y en 1995 llegó a la televisión para integrarse a la tribuna de Nico. Allí se lució ante el gran público por primera vez Pucheta, con el que luego se trasladó a Videomatch y alcanzó la popularidad.

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