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27 diciembre de 2017

Categoría Convivimos

Inés Estévez en Convivimos

“Lo que me hace más feliz es la música” 

Sin dejar de lado la actuación, donde sigue desplegando su talento y formando a diversos artistas, hoy disfruta plenamente del nuevo espacio que habita. Al frente de la banda que heredó de su proyecto musical anterior, avanza paso a paso.

Desde hace más de 30 años el nombre de Inés Estévez está asociado a la actuación. A mediados de los 80 se subió al escenario en Dolores –provincia de Buenos Aires– con la comedia Saltimbanquis, que fue también su puerta de entrada a la ciudad de Buenos Aires: el director, Roberto Palandri, le dijo que le guardaría el papel si ella se animaba a mudarse, y así fue. “Me fui huyendo de la imposibilidad de plasmar cualquier expresión artística de una manera profesional. Dolores era una ciudad muy chica, y ahí no iba a tener ningún futuro”, recuerda Inés.

Durante los últimos meses del año pasado su imagen recorrió el cine y la televisión, apuestas que refuerza en este 2018: protagonizó en tele El maestro, junto a Julio Chávez, y en cine Te esperaré, con Darío Grandinetti; ya filmó Dolores, junto a Lali Espósito, e integra el elenco de Edha, la primera serie argentina producida por Netflix. Nada de esto, sin embargo, le provoca tanto placer y entusiasmo como la carrera musical que comenzó hace un par de años junto a su entonces pareja, Javier Malosetti y que hoy desarrolla como solista: “Lo que más me interesa, lo que más feliz me hace, es la música”, confiesa.

¿Qué diferencias hay entre actuar y cantar arriba del escenario?

Cantar es más expuesto. La garganta es el lugar donde se aloja la angustia cuando uno está atravesando una situación difícil, se ubica entre la cabeza y el corazón. Al principio de cada show voy tanteando la dinámica del público, administrando ese vínculo que se establece. Es lo que me pasa desde que soy solista, hace poco. En formato de dúo hicimos 50 shows, pero yo no los conducía, todo estaba más en manos de Javier, que tiene una cancha genial. Mi gran intriga era cómo iba a ser yo al frente de una banda. Surgió algo muy aliviador, y es que naturalmente me descubrí haciendo cómplice al público de lo que fuera que me estuviera sucediendo: tener tos, olvidarme la letra. Se genera un clima muy intimista, muy de living. Acá no tenés la protección de la ficción, estás muy en contacto con la gente. La loca que grita en la ficción es otra, no vos. Cantando, esa sos vos.

En tus shows y en los dos discos que grabaste [N. de la R.: uno junto con Malosetti que no llegó a ver la luz y otro con la banda en un show en vivo, en noviembre] sos intérprete de canciones de otros, ¿tenés ganas de componer?

Me lo han sugerido. Toda mi vida hubo algo de adentro, desde que soy chica que tengo la pulsión de idear melodías, pero nunca la plasmé seriamente. Recién me estoy animando a plasmar el rol de cantante de una banda de jazz. No me animo ni a pensar en componer. Pero la vida me está sorprendiendo tanto que no descarto nada.

Hace un tiempo dijiste que no necesitás una autorización, pero sí aceptación de un referente para poder dar un paso en un terreno nuevo…

Sí, lógicamente. Bah, no sé si lógicamente. No sé si a todo el mundo le pasa esto. Pero sí necesito que algún referente me habilite. Me pasó con la literatura: aun habiendo firmado contrato con la editorial, me animé a escribir la primera novela cuando me dijeron que Luis Chitarroni había leído un par de artículos míos y había dicho “Acá hay algo”. Fue lacónico, pero genial. Si Chitarroni dijo que había algo, entonces me podía animar, después de dudar durante un año.

¿Eso es respeto o inseguridad?

Mucho respeto, seguro. Ser tan respetuoso conlleva una cierta inseguridad, ¿no? Porque uno reconoce una autoridad en otros y automáticamente se posiciona en un lugar de aprendiz. En mi caso, prefiero la humildad, hacerme de abajo, ir de a poco. No dar nada por sentado, en todo orden de cosas: en lo afectivo, en lo social, en lo laboral, en lo artístico. Es dar pasos lo más firmes posible. Digo esto e igual me alucino con el hecho de que hice un teatro de 600 localidades con mi banda de jazz… Es algo muy inesperado, no estaba proyectado. Sí quería escribir, sí quería dirigir teatro, sí empecé a pensar en enseñar teatro antes de dar clases. Pero nunca me imaginé que iba a dedicarme a la música, y es lo que más feliz me hace en este momento.

Y estuvo presente en toda tu vida…

Sí, y no solo como oyente: mi primer premio en un teatro fue con un musical. Grabé un par de temas de bandas sonoras de películas en las que trabajé y algunos jingles publicitarios en épocas de hambre, y canté con una banda de funk cuando era muy chica. Siempre estuvo el asunto de la música. Solo que no me sentía autorizada nunca. Por eso le estoy tan agradecida a Javier. Hasta que él vino y me dijo que me animara, no lo había pensado. Salimos a tocar con dos ensayos, y yo creí que iban a ser tres fechas y chau. De pronto me encontré haciendo dos funciones, giras, un ND, una Sala Zitarrosa…

¿Esto de lo inesperado hace que te dé más felicidad?

No. Me gustaría estar mucho más afiatada. Lo que me hace feliz es la música. Incluso cuando no me dedicaba a esto pensaba que es el arma más poderosa, el único hecho artístico que a mí me puede modificar sensiblemente un estado emocional. Me puede cambiar un sentimiento.

¿El único hecho artístico capaz de hacerlo?

Bueno, el hecho artístico siempre te modifica. Pero uno no se pone a mirar un cuadro o a leer un libro para cambiar el estado anímico. Una película te lo puede cambiar, pero cuando entrás al cine no sabés qué es lo que te va a pasar. En cambio, ponés una música determinada para condicionarte emocionalmente. Es algo muy poderoso. La música te puede melancolizar, alegrar, entristecer. Opera sobre tus sentimientos directamente.

¿Te pasa de igual manera al escucharla que al cantarla?

Se duplica todo. Y me gustaría tener más recorrido y muchos más recursos para poder gozar el hecho de cantar con más seguridad y con tanto relax como gozo cuando la escucho. Todavía no siento que provoque ese cambio en nadie, pero cuando músicos que son muy experimentados me dicen algo o hacen una observación respecto a un momento del show donde sienten que hice algo que estuvo bien, es muy grato. Volvemos a los referentes que autorizan a seguir dando el paso…

Hablás de la música como un proceso enteramente placentero, ¿la actuación también lo es?

La actuación es un mundo muy conocido por mí. Ya es como abrir una canilla, es de fácil acceso. La música es un mundo nuevo, soy principiante. No se pueden comparar dos años de recorrido con treinta. Tengo el entusiasmo del principiante, del que se encuentra transitando un camino gozoso, en contacto con un hecho artístico que lo colma por completo y que es una novedad, un gran desafío y donde está todo por hacerse. Es bellísimo.

¿El carril conocido te impone algún tipo de reto o de riesgo?

No diría jamás que lo saco de taquito, porque sería de una arrogancia total, pero no hay riesgo ni reto ahí. Salvo que aparezcan personajes que sí tienen riesgo, como el de El maestro. En otros proyectos que vengo haciendo no asumo ningún desafío. Los personajes que me ofrecieron son terreno conocido.

Varias veces dijiste que tu padre fue la única persona que te amó incondicionalmente.

Sí. Creo que ahora mis hijas también me aman incondicionalmente, aunque ellas me necesitan. Mi padre no me necesitaba. Fue una persona que me apoyó en lo que fuera que yo emprendiera. Me comprendió tácitamente, no teníamos un diálogo muy fluido, no era una persona de mucho hablar. No se pronunció en contra de ninguna decisión que yo tomara, siempre me quiso como yo era. No había que ser de una manera para ser querida por él. En mi caso, porque no les pasó esto al resto de mis hermanos: siempre hay elegidos.

¿Sentir ese tipo de amor te llevó a compararlo con otras relaciones?

No, me di cuenta muy de grande del valor de ese amor. Pensé “Qué suerte haberlo tenido”. Mi madre, que vive y es una persona admirable y maravillosa, llevó adelante la familia, porque mi padre fue muy feérico. La frase de mi padre era “A mí, como es habitual, la realidad me roza levemente”. Mi madre, como buena rectora del orden familiar, era más condicional. La disciplina, la organización, el orden, que las cosas se cumplieran en tiempo y forma corrían por cuenta de ella. Mi padre no existía para ese plano. También es una posición fácil, pero yo lo agradezco, porque a mí me dio la seguridad afectiva que se requiere para dar pasos en la vida.

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