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26 octubre de 2017

Categoría Convivimos

Martín Bossi en Convivimos

“La clave de mi éxito es la desobediencia” 

Martín Bossi se convierte cada noche en un sinfín de personajes a través de los cuales cuenta historias. La suya, que se relata aquí, es la de un hombre que se construyó a sí mismo con una buena dosis de sacrificio.

En la puerta del camarín, Martín Bossi termina de discutir detalles de su obra con Manuel Wirzt, uno de los directores del espectáculo (el otro es Emilio Tamer), y luego se dispone a charlar con Convivimos. Faltan dos horas para la función, y él todavía está en short y remera, con restos de polvo de ladrillo en las zapatillas: jugó dos partidos de tenis en dos días, seis horas en total. “Y encima ayer hice dos funciones. No sabés cómo estoy”, cuenta mientras se toma un gemelo, contracturado.

¿Cuándo descansás?

Lo voy a hacer el día que Dios lo diga.

¿Cómo quedás después de las funciones?

Detonado. Vacío. Es medio desesperante. Esto es un sacrificio espiritual muy grande y no me recupero nunca: me voy vacío el jueves, me lleno un poquito el viernes y vuelvo a la función para volver a vaciarme. Es como una película en la que secuestran a un tipo, le dan unos voltios de descarga para dormirlo y, cuando se está despertando, le vuelven a dar. Esto es lo mismo. Dejo todo, física e intelectualmente. Es un estado de alerta muy grande. El estado de alerta “tenístico” te deja físicamente muy cansado, pero no a nivel mental ni intelectual. Acá no quedo tan cansado físicamente, porque ya estoy acostumbrado, pero termino muerto. La emoción es un músculo, también, y se cansa.

Pero no debe ser solamente vaciarte. Algo debés llevarte para tener ganas de volver…

Te llevás mucho. Depende de la noche, del tipo de público. Es como levantarte a una mina: a veces hablás y te devuelve la pelota, la besás, fluye; y a veces estás remando en dulce de leche y te quedás sin energías. El público es eso.

En el teatro te suele pasar más lo primero, ¿no?

Sí, estar hace ocho años acá, en el Astral, es una locura. Es una película de la que no quiero salir. Son ocho años en los que, de verdad, llenamos siempre, todos los días. Y no es Chicago ni El mercader de Venecia. Es Bossi Master Show, me vienen a ver a mí. Suena medio soberbio, pero es así.

Hace un tiempo dijiste que considerás el éxito que tenés ahora como un acto de justicia.

Sí, es muy fuerte. A veces me preguntan si soy consciente de que el teatro está lleno. Y sí, soy consciente. Es un acto de justicia porque la única vida que tengo se la dediqué a esto, y no es por hacerme el artista. Se la dediqué de verdad. No tengo hijos ni decoré mi casa, mi auto es normal. A esto le entregué mis estudios, mi adolescencia, mis pensamientos las 24 horas del día. Ayer llegué a las cinco de la mañana de hacer teatro y me puse a ensayar para un viral que vamos a hacer para Uruguay. Entonces, veo el teatro lleno y digo: “Y, sí. Tengo que ser muy malo para no llenarlo”, porque si un tipo está 24 horas del día durante veinte años haciendo lo mismo y no es bueno…

¿Cuánto influye la suerte?

Cero. Es una huevada. Mi vieja y mis tías dicen “Sos bueno, pero tuviste suerte”. Las pelotas. Yo no tuve suerte. En tenis, si llegás a la final de Wimbledon, puede ser suerte; si después llegás a la de Roland Garros, ya está, no es suerte. Yo no la tuve. No era “hijo de”. La vengo remando programa a programa, hice cine, tele… ¿Qué es suerte? Si me rompo el lomo. Nadie sabe los dolores que uno tiene.

Eso no se suele ver. Es histórico el preconcepto que separa al artista del trabajador.

Mirá, yo puedo ser malo en esto, no digo que soy buen artista, ni siquiera digo que soy un artista, pero no sabés lo que laburo. Vení al escenario y mirame, y puede no gustarte lo que hago, porque a mucha gente no le gusta y está bien, pero no podés negar que hay mucho trabajo. Eso se nota. Y mucho amor. El amor y el laburo se ven. Es medio feo hablar de uno mismo así, pero laburo como un perro.

“No digo que soy artista”, acabás de decir. Pero lo sos…

Es una opinión que vos y el público pueden tener o no. Para mí es una palabra que se usa con mucha facilidad, ya desde chiquitos: “Ay, la nena es una artista”, dicen. Artistas para mí son Charly García, Spinetta, Van Gogh, Dalí. El artista modifica realidades, tiene esa función. El arte modifica. Hoy bailás dos coreografías en un programa de tele y sos artista. Sos conocido porque te levantaste a una actriz y listo. Está todo medio confundido. Ahora, en teatro hay que pararse una hora y media…

Justamente, vos te parás esa hora y media, y tenés todo ese laburo atrás, ¿por qué no te llamás “artista”?

Si me consideran un artista, yo lo agradezco. Es un piropo. No sé, no puedo opinar eso de mí. No lo veo. Creo que el teatro es un hecho artístico, sí. El arte es una hermosa excusa, y las obras que venimos haciendo son artísticas: modifican, proponen, tienen contenido. Tienen un porqué y un para qué. No es que me subo a imitar. Hace rato que dejé de imitar por imitar. Si cuando me voy de este mundo me consideran un artista, tarea cumplida.

En Lomas de Zamora, a los cinco años, Martín comenzó a intuir que lo suyo sería bailar, cantar y actuar. Era lo que le gustaba hacer. Es lo que le sigue gustando. Sin embargo, su padre tenía otros planes: por un lado, soñaba con que su hijo llegara en el tenis lo lejos que él no había podido; por otro, imponía un mandato solemne de seguir una profesión más convencional, más “seria”.

“Era ‘Recibite, casate, tené hijos, rezale a Dios, hablá con el cura, amá a la patria y vas a ser feliz’. Yo me di cuenta de que esto es un verso, un reality show que nos inventaron para controlarnos y que no seamos felices. Millones de personas se sintieron estafadas con esta jodita: hicieron todo lo que había que hacer y no son felices. Algunos sí. Nos inculcaron que hay que trabajar el sacrificio. Yo soy tano y me dijeron que si estás con una pala, es trabajo; pero si actuás, no. No podés disfrutar trabajando, no te lo permiten. En el amor también, tenés que estar con una mujer para siempre. Empecé a desobedecer, y la clave de mi éxito es la desobediencia”, cuenta Martín.

¿Esa desobediencia arrancó cuando falleció tu viejo o antes?

Yo ya amagaba. Cuando murió mi viejo, por necesidad, tuve que sacar el ancho de espadas. Yo sabía que la cosa venía por acá, lo tenía clarísimo. El tema era que me dejaran. Mi papá encima me dejó una joyita: hacerme cargo de mi mamá y de mi hermana. Yo seguía dando clases de tenis y estudiando periodismo. Quería estudiar teatro y él me dijo que no, que con el periodismo podía estar en la tele, pero de traje. Yo iba a la facultad y me metía en los talleres de teatro y me levantaba minas. Cuando falleció, nos estábamos muriendo de hambre con lo que me habían dicho que tenía que ser, así que le pregunté a mi mamá: “¿Vos querés que yo te ayude? Dejame libre”. No lo entendió, pero lo hice igual. Hoy, gracias a Dios, lo más importante que tengo en esta carrera es poder ayudar cada mes a mi mamá, que es jubilada, a que viva dignamente.

¿Dónde fueron tus primeros trabajos en esto?

Cumpleaños de quince, bar mitzvá, casamientos. Con mi socio, Diego Djeredjian, agarrábamos el bolsito a la tarde y nos íbamos a Glew, Lanús, Lomas, Palermo, Recoleta… Terminaba a las siete de la mañana y llegaba todo pintado a mi casa, con mi vieja diciéndome “¿Qué hacés de tu vida que no laburás? Venís de joda”.

¿Disfrutabas?

Mucho. Cuando entré a la escuela de teatro, a los 23, 24 años, dije “Yo me muero acá”. Me siento cerca de Dios en el escenario. El arte me salvó. El arte y el deporte.

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