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29 agosto de 2017

Categoría Convivimos

Norma Aleandro en Convivimos

“Si algo me importa, es realmente divertirme” 

La prestigiosa actriz recibió a Convivimos en el living de su casa. El amor, la profesión y los secretos del éxito. Una maestra que da cátedra de actuación y de vida, con la simpleza de los grandes.

Tras el portón de la casa de Norma Aleandro, habita un microclima: árboles frutales, un gato que acostumbra comer sobre el tejado, las paredes de un rojo morado que contrasta con el verde de las persianas. Adentro, el amplio living está forrado con la madera de un barco americano de fines del siglo XIX, que fue a desguace. Es cierto, por momentos podemos sentir que nos acunan las olas y que avanzamos en una embarcación timoneada por una señora que sabe de lo que habla y que se entusiasma contagiando la pasión. Alrededor, budas, centenares de libros, tapices y un hogar encendido en los últimos días de invierno. Los leños crepitan cuando nos sentamos a conversar de la actuación, del amor, de qué es enseñar, de qué es aprender, del éxito y de las elecciones que llevan a él. Es acá. El paraíso queda en el Bajo Belgrano, al calor de una charla en la que todo reverdece.

Varias veces se jugó la vida en el escenario: la primera fue a sus tres años, cuando faltó la niña que trabajaba en la obra que hacían sus padres (María Luisa Robledo y Pedro Aleandro) y la empujaron a escena. Allí escuchó a su papá decir que no era su hija, él intentó arrojarla por una ventana (de la escenografía) y su madre cayó “muerta” del disgusto.

¡Qué traumática que fue su primera vez en escena!

Sí, fue espantoso, no quise volver al teatro durante mucho tiempo. Imaginate que mi madre no movía ni un solo músculo de la cara [se ríe].

Otro momento crucial fue en 1976, cuando en medio de la obra, unos supuestos espectadores le tiraron gases lacrimógenos.

Sí, fue un comando de 20 personas. Tuvimos que hacer salir a la gente, se nos hinchaba la cara, se cortó la luz, fue horroroso. Uno no siente nunca que la palabra puede ser mortal. Yo había dicho que había gente que desaparecía desde la Triple A. Me dieron 24 horas para salir del país. Y a la madrugada, explotó una bomba en la planta baja de mi casa. Así que a las pocas horas estábamos en Montevideo, yo no tenía el pasaporte en regla, tuve que esperar un año y medio allí. Después nos fuimos para España. Mi marido [Eduardo Le Poole] hizo la reválida de Medicina y Psiquiatría. Así fue.

Usted sufrió la sentencia de muerte de una profesora de teatro francesa, Simone Garmá, quien le dijo que no servía para ser actriz cuando tenía 13 años.

¡Tan terrible! El llevar a una persona por el camino de la actuación no se puede ni explicar, se tiene que hacer; y hay gente que lastima a sus alumnos.

De hecho, durante muchos años siguió dándole crédito.

Yo creía que había algo en mí que podía servir, pero algo muy lejano. Sentía que en la medida en que me llamaban para trabajar, estaba de alguna manera engañando a todos.

¿Cuándo llegó la validación propia?

De a poco, cuando fui teniendo personajes más complejos, con directores que apreciaban lo que podía hacer, que me invitaban a arriesgarme, haciendo Verano y humo, a los 16, o Las brujas de Salem, a los 17.

¿Cómo le impacta ser considerada LA actriz, con mayúsculas?

No lo creo [se ríe]. No me pesa porque no me lo creo. Si algo me importa, es realmente divertirme.

Leí que prefiere el olvido a los bronces, ¿es cierto?

Sí, porque el bronce es una cosa tan absurda, es algo admirado desde un lugar inhumano, estás deshumanizando a esa persona. Yo quisiera saber cómo fue San Martín, por ejemplo, porque uno tiene una visión sin verdad. Lo que nos muestran es esa admiración ciega que lleva a enceguecer a los que miran. Esos bronces no cuentan nada.

¡Y qué pesados deben ser!

Sobre todo tan fuera de mí, porque yo conozco gente a la que le encantan y que lucha para llegar a eso. Para mí, el éxito es algo que ayuda a conocer a una persona en profundidad. He conocido gente que era maravillosa y que no tenía nada, y cuando obtuvo un éxito, se transformó en otro ser, maligno, mandón, humillador, revanchista.

¿Cómo le impactó a usted el éxito?

Tuve nada más que la alegría de poder vivirlo. En general, uno cuenta con más fracasos que éxitos, pero no se mencionan, entonces se olvidan. Se debe tener la conciencia de que uno mismo no es un éxito ni un fracaso, sino que uno está teniendo un éxito o un fracaso… hay mil maneras de ver por dónde llegaste a ese fracaso, pero no es uno el fracaso.

Los primeros años, se iba a bastidores para ver las cosas que los demás hacían. Mirar no para copiar, pero sí para aprender por dónde iba el otro, si lo estaba haciendo bien o mal.

¿Se detecta fácilmente si la actuación está bien o mal?

No, te lleva años.

¿A pesar del talento?

Creo que uno no termina nunca de aprender, por lo tanto te lleva años y debés tener no la paciencia, sino las ganas de aprender. A mi edad, con cada personaje que encaro, siento que estoy inventando algo, proponiendo algo. Me da placer y alegría, y es un aprendizaje el camino que voy a recorrer para hacerlo.

¿Qué la llevó a los 13 años a querer desesperadamente ser actriz?

Es importante en qué estado estaba yo: no creía que sirviera para nada. Me había ido del colegio, bajo la promesa a mi padre de ser autodidacta, porque me gustaba estudiar, pero no me gustaba el colegio. Estaba estudiando sola, por mi cuenta, probando por dónde… para darte una idea, me leí dos tomos de una enciclopedia de medicina, para ver si lo mío iba por ese lado. O iba a la biblioteca de la Facultad de Derecho para ver si era por ahí. Estuve mucho tiempo divagando, no encontraba por dónde, de lo único que sabía era de literatura y de teatro, porque en mi casa estaban los libros de teatro y mis padres que hacían teatro. Así que me puse a estudiar y esta mujer [Garmá] me dio un golpe en la cabeza terrible.

¿Cómo maneja ese poder usted, como maestra?

Creo muchísimo que la enseñanza tiene que ver con apoyar a la persona para que se abra a hacer el ridículo y se ría de su ridículo, que no sienta que los demás se ríen de ella.

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