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28 julio de 2017

Categoría Convivimos

Nicolás Cabré en Convivimos

“Hoy estoy en donde quiero estar” 

Tiene casi 30 años de carrera y trabajó con los mejores actores. En algunas oportunidades, los medios lo destacaron más por su vida privada que por sus trabajos, pero siempre hubo alguien que reconoció su talento: el público.

El teatro es mágico. Y es cierto. No por ser una frase trillada carece de sentido, y es lo que se siente cuando uno entra en uno, cualquiera que sea, en donde sea. Justamente es en el Lola Membrives, teatro con historia si los hay, en donde se desarrolla esta entrevista. Es que Nicolás Cabré, nuestro invitado, se está presentando con Sugar aquí, y la verdad, le sienta de maravillas este entorno. Juntos hacen una combinación perfecta. Se lo ve muy tranquilo, predispuesto, con una sonrisa a flor de piel. Como es su costumbre, responde pausadamente y tranquilo. Lo de su timidez, que tantas veces fue confundida por soberbia por el periodismo, no es broma: simplemente es un tipo al que le cuesta hablar de su vida porque no le gusta la exposición. Pero en los últimos años algo cambió, y eso fue la llegada de su hija Rufina, que lo convirtió en padre. A lo largo de esta nota será un tema recurrente, y cada vez que la nombre o cuente algo de ella, una sonrisa se le formará en la cara. Denle la bienvenida a un Cabré íntimo y casi desconocido.

¿Es verdad que a los diez años conseguiste el teléfono de una agencia de publicidad y convenciste a tus viejos para que te llevaran?

De chico era todo lo contrario a como soy ahora. Me gustaba contar chistes, trataba de llamar la atención, lo miraba a Alberto Olmedo en la televisión y quería hacer eso. Y justo un amigo, Facundo Espinosa, se anotó en una agencia. Le pedí el número de teléfono y se lo pasé a mi vieja. Cuando empecé en Son de Diez, me encontré trabajando con Javier Portales y me impactó. Ahí entendí un poco que tenía que escuchar. Tenía la posibilidad increíble de cruzarme con Claudio García Satur, Silvia Montanari, actores y actrices increíbles. Entendí que tenía que escuchar más que hablar. También caí en la cuenta de que era un trabajo, lo empecé a vivir como tal y comencé a entender que era lo que quería hacer por el resto de mi vida. Me saqué de encima eso de querer llamar la atención y me di cuenta de que tenía la responsabilidad de hacerlo bien para que durara. Y fue por eso que preferí el silencio.

¿Y tus viejos qué decían sobre tus inquietudes?

Tuve la suerte de contar con una familia maravillosa. No creo que mis viejos se lo tomasen muy en serio. Me acompañaron a mí como lo hicieron con mi hermano cuando se fue a probar a San Lorenzo. Por suerte se dio, y todos empezamos a aprender un poco más sobre esto. Mi viejo, por ejemplo, me apoyó y no se metió mucho tampoco. No pretendía que yo fuera lo que él quisiera, sólo me pidió que terminara el colegio y me dio su apoyo en mi elección. Siempre mis padres dependieron de ellos mismos, no especularon con que yo me “salvara” con esta profesión y los ayudara a ellos. Siempre me apoyaron, me cuidaban mucho, y trataban de que nada se me subiera a la cabeza, de enseñarme que lo importante de la vida pasaba por otro lado.

Dentro de tu carrera profesional, ¿qué fue lo que más te gustó hacer hasta el momento?

Haber trabajado con Alfredo Alcón fue lo más maravilloso que me pasó y me va a pasar en la vida. Haber tenido la posibilidad de conocerlo arriba del escenario y tenerlo para mí debajo de él, recorriendo el país juntos haciendo una obra de teatro fue, sin dudas, lo mejor. Después hay cosas que las he disfrutado mucho más que otras, pero si tengo que elegir, lo mejor fue haberme cruzado con Alfredo, tanto personal como profesionalmente. También tuve la suerte de trabajar con muchos grandes: Darío Grandinetti, Oscar Martínez, Ricardo Darín, Ulises Dumont. Gracias a Dios pude conocer la profesión trabajando y escuchar a muchas personas que admiraba realmente.

Nicolás comenzó su carrera en televisión a los diez años en La ola está de fiesta, el medio en donde más trabajó. Entre sus programas más reconocidos están Son de Diez, Gasoleros, Son amores, Sin código y Los únicos, entre otros. En teatro se destacó en Algo en común, El cartero, El gran regreso y El quilombero. El cine tampoco le es ajeno, con films como Fuga de cerebros (1997), Yepeto (1999), Déjala correr (2001) y ¡Atraco! (2012).

¿Cómo viviste que te hayan llamado para Sugar?

Fue raro, porque nosotros estábamos haciendo El quilombero y vino una vez Arturo [Puig] y de la nada me preguntó si haría un musical. Le dije que no había manera, que yo no cantaba, que ni siquiera lo hacía en la cancha porque me daba vergüenza. Eso quedó ahí. Después tuvimos una reunión con mi representante y me hablaron y dijeron que la idea era hacer Sugar. Cuando trabajaba en la obra Algo en común con Ricardo [Darín], sin querer crecí, y pasé casi mi adolescencia escuchándolo a él hablándome de Sugar. Sabía perfectamente lo que era. No lo dudé ni medio segundo, era un sí rotundo. Si bien el canto no es lo mío y había barreras que romper, no era El fantasma de la ópera.

¿Cómo resolviste lo de la vergüenza?

Trabajando. Está buenísimo cuando te aparecen estos desafíos. “Bueno, ahora tenés que cantar y bailar”, y es un mundo absolutamente desconocido. La ventaja era que yo sabía con quién estaba. Ya conocía a la producción, habíamos trabajado acá en el teatro, al equipo, y dentro de todo lo bien que la pasé con El quilombero y el grupo, que aprendí a quererlos, está mi hija. Ella es gran parte del detrás de escena de esto. Después lo otro era confiar en todo lo técnico, en donde son todos número uno. Sólo teníamos que vencer miedos, romper con algunas vergüenzas y hacer lo que nos decían. Si se trabajaba bien, iba a ser esto que se ve hoy.

¿Hubo algo que te costó más aprender?

Creo que la vergüenza. Gracias a Dios me encontré con un grupo increíble que nos apoyó siempre, sabiendo que no éramos bailarines, ni lo somos. Este espectáculo es un gran colectivo. Es una de las obras que más me permito disfrutar en todo lo que hice, con un teatro explotado. Está buenísimo que nos pase esto a todos juntos, es un grupo de verdad lindo, donde cada uno es como es, pero sin individualismos. Esa era la única manera de hacer andar esto, porque había que sacarse la presión de la historia con que venía la obra.

¿Sentís que estás en uno de tus mejores momentos profesionales?

Hoy estoy en donde quiero estar. No sé si en mi mejor momento, lo que sí puedo decir es que quiero hacer las dos cosas que hago. También en estos dos trabajos se respeta mi prioridad, que es mi vida con mi hija. A ella no se le modifica absolutamente nada: al colegio la llevo y la voy a buscar yo, después hace natación, me acompaña un poco a la tarde, sus actividades conmigo no son modificadas. Eso me permite ser feliz, entonces siendo feliz en mi vida vengo acá feliz. Ella también viene y compartimos momentos maravillosos. Por eso puedo disfrutarlo y ponerle el valor que realmente tiene.

Si hay una palabra mágica para Cabré es “Rufina”, su hija de tres años y medio que tuvo con Eugenia “la China” Suárez. Es su norte, su prioridad, su motor, su vida. Es su todo.

¿Cómo es la conexión con Rufina?

Aprendí a tener una. Creo que la separación temprana fue difícil, porque nunca tuve nadie que me ayudara. Éramos ella y yo, y hacíamos todo juntos, y aprendí que mi hija es lo que me hace ser feliz. Disfruto, me muero de risa, la paso bien. Tengo ejemplos muy fuertes de mis padres y recuerdo mi infancia y a mi papá y a mi mamá con mucha alegría. Yo quería ser eso. Siempre deseé que el día que fuera padre pudiera ser el dos por ciento de lo que mi viejo fue conmigo. Dejé de trabajar un tiempo para dedicarme a eso. A mí en los últimos años me cambiaron muchas cosas: la muerte de mi papá, el nacimiento de Rufina, que hizo que pusiera la mirada en otro lado y comenzara a entender y priorizar las cosas que realmente interesan. Eso inconscientemente me acomodó todo, y no es casualidad que esté disfrutando tanto del trabajo. Pocas veces en mi vida lo disfruté tanto.

¿Qué cosas te emocionan?

La alegría de Rufina. Mi vida y mi alegría pasan por la sonrisa de mi hija. Me emociona verla crecer. No soy muy melancólico, pero sí hay cosas que me matan de amor. Ella me da mucha alegría y reconozco sonrisas en mí que no existían de otra manera. Descubrí todo un mundo. Cuando cada dos meses me llegan las notificaciones del jardín diciendo cómo es su comportamiento y demás cosas que te detallan, me mata de amor. Mi hija me puede.

¿Hay algo que todavía tengas pendiente de hacer?

No, tuve la suerte, y estoy absolutamente convencido de que es así, de tener un gran representante. Él está conmigo desde mis diez años, y nunca hicimos nada por plata. Siempre me acompañó, me aconsejó, cuando era chico trató de enseñarme, guiarme en muchas cosas, y después empezamos a tomar las decisiones juntos. Pero jamás hicimos nada por el dinero y siempre buscamos proyectos en donde pudiéramos estar bien acompañados, rodeados de gente que me haga crecer. Si hay algo de lo que estoy orgulloso es de que nunca quisimos saltar ningún escalón, nunca se dio un paso apresurado. Todo lo que fuimos haciendo año a año fue consecuente con lo que nosotros pensábamos. Estoy tranquilo, no hay nada que me arrepienta de no haber hecho

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