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1 marzo de 2017

Categoría Convivimos

Marta Minujín en Convivimos

“Yo viví muchas vidas”

La artista -que este año recreará El Partenón de libros en Alemania, y pagará la deuda externa griega con aceitunas- se prepara para presentar sus trabajos por primera vez en Córdoba, en Casa Naranja. A los 74 años, sigue trabajando con una energía fuera de serie.

Por Marité Iturriza – Fotos Patricio Pérez

Marta Minujín no puede dejar de contagiar su alegría. Una nueva versión de “El Partenón de libros”, instalación que realizó originalmente en 1983 en Buenos Aires con 30.000 títulos prohibidos por la dictadura, será la obra “estrella” del festival documenta 14, en la ciudad de Kessel, Alemania, una de las muestras de arte más importantes del mundo. El nuevo Partenón tendrá el mismo tamaño del emblemático edificio y estará cubierto por 100.000 libros que hayan sido censurados en alguna parte del mundo. La estructura se montará en la Friedrichplatz de Kessel, donde, el 19 de mayo de 1933, en los comienzos del nazismo, se quemaron cerca de 2.000 libros. Una vez terminada la muestra, la obra será destruida y los ejemplares, distribuidos entre los participantes.

No sólo eso: en la ciudad de Atenas, la otra sede del evento, pagará la deuda externa griega con “una montaña de aceitunas” a una doble de Ángela Merkel, tal como hizo en 1985, cuando le pagó la deuda externa argentina al artista norteamericano Andy Warhol con choclos.

En sus anteojos espejados, el cielo de Córdoba parece más azul. Marta mira la ciudad que penetra por los ventanales de Casa Naranja, donde este mes inaugura “Pasaporte a lo imposible”, una nueva versión de la Soft Gallery (ambientación realizada por primera vez en Washington en 1973), que consiste en una “sala blanda” construida con 200 colchones y proyecciones audiovisuales. Se mueve y todo se trastoca. Busca el sillón más cómodo, da indicaciones, habla, gesticula, revuelve su flequillo platinado, se ríe. Todo al mismo tiempo. Está feliz porque, además, obtuvo el Premio Velázquez de Artes Plásticas que concede el Ministerio de Educación y Cultura de España a creadores destacados.

¿2017 es tu año?

Sí, es el más importante de mi vida, porque pensé que en el 2000 nosotros debíamos construir nuestros propios mitos, es decir el Obelisco, la Estatua de la Libertad, la Tour Eiffel, el Muro de Berlín que ya cayó… Pensé que la manera de plantearlo era a través del concepto de que todo cambia según el punto de vista de ver las cosas. Por eso hice un Obelisco acostado en la Bienal de San Pablo o la Estatua de la Libertad cayendo. En ese momento, vivía en Estados Unidos, durante la dictadura. Me pareció terrible el tema de la represión, entonces, en el 83, se me ocurrió hacer un Partenón, que fue donde se escribió la primera democracia, pero con todos los libros prohibidos en esos años. ¡Fue un milagro!, conseguí el lugar (Avenida 9 de Julio y Santa Fe), el permiso, los caños, todos los libros que estaban escondidos porque los militares los quemaban. Tardé 17 días en hacerlo y otros cinco de exhibición. Después lo volteé con una grúa para mostrar el concepto de que todo cambia. En dos horas, la gente se había llevado todo.

Y ahora Alemania tendrá su propio Partenón de libros prohibidos…

Sí, ahora, después de… pará: ¿cuántos años pasaron? ¿34? Me lo piden de la exhibición de arte más importante del mundo de vanguardia, que se hace cada cinco años. Todas las editoriales están donando libros prohibidos en todos los idiomas. Todo el mundo puede participar. El Partenón va a estar inclinado siempre, con un piso antideslizante, para que la gente pueda subir y cambiar los libros: llevarse los prohibidos y traer otros que no.

¿Te acordás de tus primeros dibujos?

Eran buenísimos. A los 11 decidí que era artista. Me sentí que era Van Gogh y que tenía que dar la vida por el arte.

Hija de un médico y una ama de casa, nació y se crió en la casona de su abuelo, en el barrio porteño de San Cristóbal, donde tiene su taller. Cuenta que la atención casi exclusiva puesta por los padres en su hermano enfermo la aprovechó para estudiar y crear casi sin límites. A los 12 ingresó a tres escuelas de arte al mismo tiempo. Por la mañana, iba a la Ernesto de la Cárcova, a la tarde, a la Manuel Belgrano y a la noche, a la Prilidiano Pueyrredón. “Me pasé la adolescencia encerrada pintando”, cuenta.

En 1959 armó su primera exposición individual en el Teatro Agón. Ese año conoció a Juan Carlos Gómez Sabaini, su marido desde entonces. Falsificó su documento, se casó en secreto y obtuvo la emancipación de sus padres. Inmediatamente, se fue a vivir sola a París con la primera de 17 becas internacionales que ganó en su carrera. Tenía 16 años. “Viví en la pobreza más brutal -recuerda-, pero haciendo obras increíbles. Después las quemé y salió en todos los diarios del mundo; luego vino Nueva York, donde inventé un arte tecnológico, pero no tenía nada de plata. Recién a los 40 empecé a vender”.

¿Tenías miedo de contaminarte vendiendo tus obras?

Claro, por eso me presentaba a becas, vivía de becas, trabajaba y después destruía la obra. O sea que, cuando llegué a la Argentina de vuelta (en 1983), no tenía nada.

¿Cuántas Martas hay en Marta Minujín?

Hubo muchas vidas, yo viví muchas vidas. Hay varias Martas…

Señalaste en una entrevista que tenés una parte “normal”…

Pero otra, en la que tengo como una fuerza y una energía fuera de órbita. Lo increíble es que los proyectos los concreto. Por ejemplo, digo “voy a hacer un obelisco de pan dulce”, me pongo a pensar y pensar, y justo me cruzo con el fabricante de pan dulce Marcolla, y, de pronto, no sé por qué, financió todo y lo hice.

¿Qué cosas te hacen ser convincente?

Es la idea. La idea es muy fuerte. Había que hacer un Partenón, donde se inventó la palabra democracia, con libros que son los vehículos de la cultura y la inteligencia. Esa es una idea muy fuerte. Entonces, a mucha gente le interesa. Por eso ahora en Alemania, con todo lo que pasa con los refugiados… Yo quería incluso hacer un manual para los refugiados y ponerlo en el Partenón, para que luego se repartan en las aduanas. Pero al final dijeron que era muy difícil hacer un manual con un tema que cambia todos los días.

¿Qué momentos, situaciones o lugares te resultan inspiradores?

Las montañas del Sur argentino, los lagos. Desde que tenía tres meses empecé a ir al Sur, cerca de San Martín de los Andes, vivía seis meses al año en la montaña. Las subí mil veces a caballo. Por eso, cuando hago una obra gigante, tiene que tener la dimensión de una montaña.

¿Qué es lo primero que hacés cuando se te ocurre una idea?

La empiezo a decir, a decírselo a toda la gente. Decir es una manera de contagiar. Por ejemplo, aunque no sea cierto, decir: “voy a hacer la torre de Pisa”, que nunca la hice. “Voy a hacerla, voy a hacerla”.

¿La construcción y destrucción de una obra van juntas?

Es lo mismo. Yo agarro una cosa y la rompo, y en ese momento todo se descoloca y hay que volver a colocar. Descoloco a las personas de su actitud. Por eso hice esas obras con comida, como la Venus de Milo de queso. En un cóctel, la gente está esperando que venga el mozo con la bandeja. En cambio así, tiene que caminar, ir, comerle un pedacito, charlar, elegir de dónde sacar. Me acuerdo que a la Venus no le querían sacar el queso del pecho, sacaban de otros lados y se mataban de risa. Y a mí me gusta que la gente se ría con mi arte.

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