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6 febrero de 2017

Categoría Convivimos

Ricardo Darín en Convivimos

“No creo en los éxitos ni en los fracasos”

A los 60 años, el gran actor sumó una nueva película a su larga trayectoria, Nieve negra. En una charla distendida y abierta, confiesa que se siente un hombre feliz y agradecido, que no le tiene miedo a la muerte y se muestra orgulloso frente a la carrera de sus hijos.

Por Agustín Gallardo – Fotos Nicolás y Patricio Pérez

Al actor más requerido de la Argentina no le gusta la palabra “éxito” y está, además, algo cansado de decir que tampoco se siente el mejor actor argentino en el exterior. Ricardo Darín intenta -dice- hacer un análisis sociológico que, aunque ni justo ni concreto, se aproxime a la realidad.

La propuesta es averiguar por qué le va tan bien en España, un interrogante que, primero, responde con un silencio duradero y con esa mirada fija de ojos azules que, por momentos, intimida.

Por eso, cuenta que lo suyo, desde que pisó España por primera vez, es un fenómeno raro. Un periodista español se lo hizo ver a través de un dato: no hay antecedentes allí de que un actor haya tenido siete películas en cartel al mismo tiempo. “Lo que pasó es que se confabularon otros temas que tienen que ver con las distribuidoras. Mi irrupción en el cine fue en forma conjunta con Nueva Reinas y El hijo de la novia”, explica.

“Las distribuidoras al notar lo que había ocurrido con esas dos películas, empezaron a requerir otras en donde yo estuviera, incluso llevaron películas que se habían hecho antes que esas”. Una premisa más completa su análisis. “Luego, al hacer teatro allá, al ir a poner el cuerpo, la gente alucinó y se preguntó quién es este, de dónde salió”, rememora sobre lo que fue la experiencia de ART.

¿Que seas buen actor, entonces, no tuvo nada que ver con que fueras el más solicitado?

(Risas) Qué querés que te diga, se dieron varias cosas. Es difícil programarlo, si lo querés hacer así, no te sale. Más que solicitado, siento que, desde la primera vez que pisé España, la gente me trata muy familiarmente.

En enero se estrenó Nieve negra, que protagoniza junto a su amigo Leonardo Sbaraglia. Al igual que con la mayoría de sus últimos films, él estuvo ahí, no solo poniendo el cuerpo en el rodaje, sino que se hizo presente en la etapa de post producción. “Estuve en la previa, en el rodaje, en el post y en la promoción”, dice con una sonrisa.

Aclaremos que esto no es común en los actores. ¿Qué te aporta?

Aprendizaje. Tener la chance de estar mano a mano con editores es una oportunidad que yo no dejo pasar. A esta altura del campeonato, me cuesta encontrar estímulos verdaderos que me entusiasmen y que me hagan sentir que estoy incorporando información, datos, aprendizaje. Que yo diga que tengo mucho para aprender no significa que yo no tenga nada para mostrar. Los directores también se nutren de eso, es un ida y vuelta.

¿Todavía sentís que te faltan cosas por aprender?

Que hagamos las cosas bien no significa que no las podamos mejorar. A mí siempre lo que me ha faltado es una verdadera instrucción académica. No es que no la conozca, pero, al empezar a trabajar de tan chico, empecé a hacerlo miméticamente, es decir, copié actitudes y formas de lineamiento de trabajo.

¿Creés que ese camino es lo que te hace revalorizar permanentemente la cuestión del aprendizaje?

Puede ser. El tema es que siempre estamos aprendiendo. Vivir para aprender. Yo siento que aprendí que hay cosas que no se hacen. No se traiciona, no se golpea al caído, no se especula con el hambre de la gente, no se extorsiona, no se amenaza, no se pega, no se violenta.

¿Y cómo te cae la crisis de los 60?

Yo no viví ninguna de esas. Me salteé todas esas aparentes crisis que son clichés… Esta vez, el número es un poco más gordo (risas), eso es cierto, pero la verdad es que, si no fuera por cuestiones físicas, yo soy una especie de adolescente tardío. Siento que tengo mucho para dar.

De todas formas, los 60 de ahora no son los 60 antes…

¡Claro! Yo tenía 14 años y un tipo de 40 era un anciano. La expectativa de vida fue cambiando, era muy corta. La ciencia avanza, afortunadamente. Pero se está avanzado, lamentablemente, mucho en cuestiones sexuales y cirugías estéticas. El otro día escuchaba eso de que vamos a tener un montón de gente mayor con tetas turgentes y ni se van a acordar para qué servían (risas). Hay como obsesión con la estética.

¿Ricardo, pensás en la muerte?

Siempre. Mi viejo me hablaba mucho de la muerte. Siempre me paré frente al tema porque, como no soy un tipo creyente y no cuento con la maravillosa ayuda balsámica de la religión y la fe, el análisis me ha llevado a pensar que no hay mucho para hacer al respecto. Es inevitable. Yo sé que me voy a morir, y lo sé porque lo hablé con mi abuela que falleció a los 101. Y me acuerdo que me dijo: “Mi hijito, ya está. ¿Vos tenés idea lo que significa haber visto morir a toda la familia y a todos tus amigos?”. Es casi liberador, un premio en un momento determinado, creo yo. No le tengo miedo, sí respeto.

¿Te sucede algo internamente al revisar todo el camino que hiciste?

Todo eso está en la mochila. Uno, creo, no se desprende de nada. Soy un tipo feliz, o, por lo menos, tengo ramalazos de felicidad. Lo que no hago es anclarme en cosas vividas, en recuerdos. Tiene que ver con que yo no me creo mucho nada. No soy muy amigo del éxito ni del fracaso. Me parece que son términos muy fuertes, muy determinantes. Yo creo más que uno navega entre esas cosas. Y la lucha contra el ego es permanente.

Hablás siempre del ego. ¿Por qué?

No es fácil estar todo el tiempo recibiendo esta cuestión de: “Capo, fenómeno, ¡mega maza!”. Llegás a tu casa y tenés una hernia de disco (ríe).

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